lunes, 21 de enero de 2008

El día que Jorge Luis Borges perdió el Nobel


El Chico Romo andaba como loco; cuatro horas perdió ese día por esperarlo en el aeropuerto. Y nada. Había tantos pacos que ni siquiera divisó al viejo, que cuando bajó del avión parecía un fantasma, con la cara empolvada y el traje oscuro hecho a la medida, tal y como lo meten a uno en el cajón. La comitiva lo sacó prácticamente en andas, todos sonriendo embobados y lamiendo el piso por delante de él. Hay que entenderlo, también. Ningún escritor serio iba a pasearse por Chile a tres años del golpe militar y mucho menos en compañía del Rector impuesto por la Junta, así que todos querían aprovechar la ocasión de pasar por cultos.
Eran las seis y media de la tarde y, de puro milagro, el Chico se dio cuenta de que los sapos andaban por todas partes y se fue para su casa. Amargado, el pobre, tantos años acarreando El Aleph en la mochila y justo cuando Borges estaba al alcance de su mano, una nube de tontons macoutes lo rodeaba.
- Mañana lo pillo solito.- Me aseguró esa noche cuando hicimos punto en el Parque Forestal. Yo le entregué los papeles que me habían llegado y unos pesos para que comprara cola de pegar. Había orden de encolar todos los candados de los negocios para provocar problemas al aparataje de la dictadura.
- Ándate con cuidado.- Le dije.- Yo reconocí a dos agentes en la comitiva y en la recepción de la Embajada van a tener una red, por si a algún gil se le ocurriera asilarse.
El Chico protestó calurosamente, jamás se le había pasado por la cabeza idea tan peregrina, me dijo, cómo se me ocurría a mí, que lo había visto desde el colegio con el Aleph bajo el brazo, pensar tal cosa. Un autógrafo, nada más, que el viejo le estampara la millonaria en la contratapa, y listo, ya podía el Chico Romo morirse satisfecho.
- No vís que está tan viejito, - me espetó antes de marcharse- capaz que se muera sin volver a Chile.
En eso tenía toda la razón. El viejo era más cadáver que nunca, con un par de ojos hueros hundidos en las cuencas y una mano temblona y artrítica engarfiada en el bastón. Puro seso; podía morirse en cualquier momento, pero no perdía ocasión de recordarnos que las neuronas todavía le bailaban.
- "El hecho de que aquí, como en mi patria y en Uruguay, se esté salvando la libertad y el orden..." - Se había atrevido a decir, junto con un montón de imbecilidades más.
Para qué quería libertad, el vejestorio, si no podía dar tres pasos sin ayuda. Y qué decir del orden. Yo creo que ni conocía la palabra caos y que se había venido a pasear por acá sin siquiera darle un vistazo al diario. Orden era lo que necesitábamos nosotros; que se ordenara el naipe, se fueran los milicos para su casa y volvieran los rectores de primera línea, los académicos verdaderos y un presidente elegido por el pueblo, en vez de que nos pasaran gato por liebre vistiendo al palurdo de civil.
Todo en las noticias era Borges, Borges y más Borges. De repente parecía como si todo Chile lo hubiese leído. Uno de los espíritus más preclaros del mundo contemporáneo, lo llamaban; manera elíptica de reemplazar el término conservador, que le sentaba como guante. Esa misma noche le hicieron una recepción en la Embajada Argentina; supongo que no se habrá podido caminar en el salón sin tropezarse entre tanto sable y alamar suelto por ahí. Y la televisión se solazaba en tanto traje de noche, tanto peinado enlacado, tanto coipo y tanta perla de las mujeres, que pasaban envueltas en estelas de Chanel N° 5. Borges, del brazo de una china flaca que podría haber sido su nieta, más inflado que palomo en celo con todos esos halagos de milicos que habían leído a la carrera sus cuentos tres días antes de que él llegara para no pasar por ignorantes.
Al día siguiente llamé al Chico desde un teléfono público de Irarrázaval con Pedro de Valdivia. Bien lejos de mi casa, por si acaso. No estaba, su mamá me dijo que andaba en lo del viejo otra vez. Parece que daba una conferencia de prensa en su hotel. La señora no quería más, ya veía a su nene del brazo con Jorge Luis Borges en el mismísimo Sheraton; siempre había sido bien tonta la vieja, yo no sé que pensaba que hacíamos nosotros. ¿Estudiar?
Lo llamé de nuevo a la hora de almuerzo. El Chico estaba en trance, se había pasado espiando todo desde una clínica vecina sin ponerle el ojo encima al vejete. A mí ya me tenía lleno con el asunto, dos días perdidos por culpa del lindo y sin saber qué cuentas dar en la reunión de célula. Lo subí y lo bajé y él me juró que recogería el cargo para entregárselo al compañero del próximo punto.
- Mañana te llaman para avisarte dónde te toca.- Le dije, bien enojado, y le corté antes de que detectaran la conversación.
El lunes veinte nos encontramos en el Pedagógico y nos pegamos un plantón de dos horas esperando a Borges, que venía a un diálogo con los alumnos en la Escuela de Periodismo. En mi vida había visto tanto estudiante de periodismo preocupado de minucias literarias. Expertos en estilo y ciencia-ficción, los cretinos. Yo también morí pollo, por supuesto, no se puede arriesgar el pellejo por cualquier tontera cuando se tienen responsabilidades que cumplir. A la salida, me acerqué al Chico, que andaba haciéndose el galán con una chiquilla de primero, y le dije para callado:
- ¿Te dieron el punto?
- Sí, - contestó en un susurro- para el miércoles. Tenemos que entregar todo lo que hemos preparado.
Y nos separamos al tiro, para que no nos fueran a rochar; el Pedagógico era una auténtica sucursal de los gorilas. Yo me fui a mi casa, almorcé tranquilo y pasé la tarde en el Cine Central con la Isabel. Ni me pregunten que exhibían. Nos pegamos tremendo atraque, porque hacía más de una semana que no nos veíamos; es tan rico olvidarse de las cosas desagradables, yo no quería pensar en el punto del miércoles ni en el peligro que implicaba. El Chico y yo nos habíamos pasado un mes juntando molotovs en nuestras casas y teníamos que entregárselas a un compadre que pasaría en una camioneta blanca por ellas. Tenía hasta el modelo, una Chevrolet 59. Los otros datos, hora y lugar, los tenía el Chico. Por si nos pillaban. La seguridad era lo que más nos metían, a cada rato.
Por esa misma razón, no llamé más al Chico. El martes me fui a clases y como salí temprano, pasé a la Biblioteca para conseguirme la Historia de Luis Alberto Sánchez para un trabajo que estaba haciendo. Ni luces del Chico, pero no me importó, porque ya todo estaba concertado. Estuve como hasta la una trabajando en eso y después tomé la Catedral- Manuel Montt para irme a la casa. Llegué cuando ya estaban almorzando y mi viejo estaba con un genio de los mil demonios, porque mi hermano le había hecho un medio raspón al tapabarros derecho del 125. Se pasó todo el almuerzo despotricando en contra de los irresponsables que no le han ganado a nadie y se creen grandes. Mi hermano y yo nos mascamos la rabia con las lentejas y el arroz y ya estábamos en el postre cuando a mi mamá le da por poner las noticias y ahí, detrasito de Borges en la Casa Central de la Universidad, estaba el Chico Romo, de cuello y corbata, saludando con el Aleph en la mano. Una edición más vieja y manoseada que la tía Carlina, que el chico guardaba como si fuera de oro puro.
- ¿No es ése tu amigo?- Preguntó mi vieja.
Y mi viejo se aprovechó al tiro del pánico. Ahí era donde debíamos estar, me dijo, aprendiendo de los profesores y los valientes soldados que se la jugaron para devolvernos la libertad. Que nunca se habría imaginado que el Chico fuera un muchacho tan culto y tan responsable, que ojalá aprendiera de él en vez de andar perdiendo el tiempo como un tonto; que el día menos pensado se iba a dejar caer por la Universidad para ver si estaba estudiando o no, porque cuando él era joven, uno se la pasaba de cabeza en los libros en vez de andar de un lado para otro, pololeando y bailoteando como un irresponsable.
Y detrás de su pelada el Chico me seguía haciendo señas con el Aleph, mientras Borges sacaba pecho y alargaba la oreja para escuchar a mi general Toro Dávila consagrándolo como Doctor Honoris Causa de la Universidad de Chile, tremendo honor. Yo no sé de donde habían sacado tantos chupamedias juntos; el locutor se llenaba la boca para decir que Borges era un puntal del pensamiento humanista cristiano de occidente, que estaba muy satisfecho de estar aquí, que él era enemigo del comunismo y eso no era ningún misterio, que como argentino, debía gratitud. Un caballero, y ése era él, no sacrificaba lo que pensaba por un premio y, que si de geografía se trataba, cualquier día de estos se lo daban - el Nobel, obviamente- a un escritor de Groenlandia. Todas estas perlas extractadas, al parecer, de su conferencia del día anterior.
Yo no quise ni pensar qué iban a decir los compañeros, con qué cara asomarme a la reunión después de haber llevado al Chico al grupo poniendo mi mano al fuego por él. A este huevón, pensé, se las voy a cantar claritas, a mí no me va a dejar en ridículo por lamerle el culo al cabrón de Borges. Porque el Chico había estado presente cuando debatimos sobre el provecho que le sacaría la dictadura a esta visita y se había comprometido a trabajar contra eso, igual que todos nosotros. Por suerte, pensé, los de la célula contacto no le han visto la cara y Dios quiera que no hayan visto las noticias de Canal Nacional.
Y en mala hora no las vieron, efectivamente. Ni lo que se vio, ni lo que no se vio, porque cuando el Chico salía de la Casa Central apretando el Aleph con la firma de Borges contra su corazón se acercaron tres gorilas de la Dina y lo agarraron de los brazos mientras lo empujaban hacia la calle Arturo Prat, donde lo metieron de un sólo empujón adentro de un auto sin patente, que tenía los vidrios polarizados. El Chico no sacó el habla, le tenían la cabeza aplastada contra el asiento y le presionaban una pistola contra la nuca. Debe haberse meado de miedo ahí mismo, el Chico, con lo maricón que era cuando jugábamos fútbol. Bastaba que lo tocaran para que el lindo se echara al suelo a retorcerse peor que centro delantero.
Pero de todo esto yo no tenía idea, porque me pasé la tarde estudiando, comí temprano y me fui a la cama al tiro, de puro nervioso que me tenía el punto del día siguiente.
Como a las nueve me llamó el Chico Romo. Estaba de lo más misterioso. Plaza Las Campanas, me dijo, miércoles, a las cero siete con treinta. Y cuando yo quise preguntarle sobre lo ocurrido en la Casa central me dijo que no tenía tiempo, que estaba apurado y que mañana nos veíamos, que no se me fuera a olvidar.
- A ti no más se te ocurre.- Le contesté yo, qué se creía este huevón; recién llegado a la célula y se atrevía a dudar de un militante antiguo, como yo. Ya me lo veía farsanteando porque se había atrevido a aparecerse en las narices mismas del poder universitario para saludar a Borges ¿Y en qué habían quedado las órdenes, ah? Mañana te las vai a ver conmigo, Chico'e mierda, me dije, y me quedé dormido como tronco.
Y desperté a las siete en punto, con tremendo sueño, y casi me voy de espaldas cuando veo el reloj. Llegué a saltar de la cama y no supe como me puse la ropa, partí al garaje y saqué las molotov que tenía escondidas debajo de los diarios viejos, las eché en el baúl del 125 y rajé antes de que me viera mi viejo. Después de todo, era una emergencia.
Subí hecho una bala por Irarrázaval y doblé por Tobalaba casi sin frenar; por suerte, a esa hora no pasan ni moscas. Eran las siete cuarenta y cinco cuando llegué a la Plaza Las Campanas.
Lo primero que vi, fue la Chevrolet 59, blanca. Estaba rodeada por tres autos sin patente y un camión militar que cerraba el paso hacia el sur. Al Chico lo tenían esposado y con una bolsa oscura en la cabeza, pero lo reconocí por su parka verde y el pantalón desteñido. Un civil con una metralleta en la mano me conminó a detenerme en una pequeña fila de vehículos que esperaba junto a la cuneta; algo más adelante, a unos cinco metros de la Chevrolet, divisé el cuerpo de un hombre joven yaciendo en un charco de sangre negruzca, que empezaba a deslizarse lentamente hacia los canteros de cardenales cubiertos de tierra y rocío. Confieso que tiritaba de miedo; no podía controlar mi barbilla, que temblequeaba peor que la de un vejete cuando el milico nos hizo señas de que avanzáramos y nos permitió el paso.
Seguí de largo hasta Walker Martínez y en una curva del canal eché al agua, una por una, todas mis molotov y las pilas de panfletos que me había entregado mi punto una semana atrás. Después me vine hasta la casa de mi hermana casada y dejé allí el Fiat, para que lo recogiera mi papá. Desde un teléfono público llamé a mi contacto para que me dieran un lugar seguro. A esa hora, Jorge Luis Borges era condecorado por Pinochet en el Diego Portales y, según sus propias palabras, sintió pena por ese señor que estaba tan solo en el poder y que tenía un sufrimiento interior tan grande. Borges recordó a sus antepasados guerreros y compartió con el general el íntimo placer de evocar la gloria común, la lucha por la independencia y la hombría de los soldados.
Al Chico se lo llevaron a Villa Grimaldi. Durante una semana le sacaron la cresta para que no fuera a arrepentirse de colaborar y pasó el resto de la dictadura identificando compañeros de universidad y achacándole militancias a Pedro, Sancho y Diego. Nunca más volvió a ver su ejemplar del Aleph y, según tengo entendido, el 85 se fue a Canadá en busca de una nueva vida.

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