domingo, 23 de diciembre de 2007

Ética del joven postulante


-¡Riiiing!
El joven postulante salta en la cama, extiende la mano buscando la mesita de noche, la oscuridad es total. Bota un par de cosas y manotea por arriba de libros y botellas, calcetas sucias y frascos de pastillas. Nuevos manotazos, otra cosa que cae y claro, ahora el ring le llama desde el piso. Tantea en las profundidades, flush, voltea la cerveza que no terminó, ¡eureka!, pesca y apaga la alarma del maldito teléfono. Está mojado, pero su pantalla parpadea débilmente todavía; lo seca con la sábana y se tapa la cabeza con ella., ¡Demonios, está mojada también! Fría, brrr, huele a orina de gato. El joven postulante la descarta y se sumerge entre las cobijas; todavía puede dormir media hora, seguramente hay una fila de ingenuos esperando desde ayer que se abra la oficina y además, ¿qué posibilidades tiene de conseguir el utópico trabajo? ¿0.1%? La última vez ni siquiera llegó a la ventanilla.
-Toc toc toc.
Madre, queridísima Madre, no hay cómo librarse de ella.
El joven postulante se hace el loco, pero Madre insiste, “¡Pablo!”, llama; abre la puerta, invade su habitación, tropieza con la ropa que él le dejó ayer a la entrada, le evoca en términos poco afectuosos, patea la bandeja, le manda de frentón a la mierda, y esta vez, grita:
-¡Pablo!
Él pretende que duerme mal, se queja, se da vueltas en la cama como si hubiera tomado una dosis hace poco y no pudiera coordinar, pero ella está decidida; patea sus libros, se enreda en el bulto de ropa otra vez, se agarra de la cama justo a tiempo para no caer, le dedica un último adjetivo lleno de ternura materna y cuando él ya cree que se rindió, da con la lámpara y enciende la luz.
-¡Pablo, levántate! ¡Hasta cuándo vas a estar acá, flojo, inútil, volando todas las noches, sin hacer ni la cama, nadando en ropa sucia; esto está hediondo, mira, diste vuelta una botella, última vez que te lo digo, si no te vas a fin de mes, yo misma llamo al Comisario de Población y Residencia para que te eche!
Vanas amenazas, si no fuera por el imbécil del comisario hace tiempo que Madre le habría echado. Al gobierno no le conviene aumentar la tasa de joumles y no tiene, por lo demás, interés alguno en sacarle de ahí. Si todos los cesantes que viven con sus padres entraran mañana en las estadísticas se les iba al diablo la reelección.
Pero bueno, madre hay una sola, y la suya es de las peores. El joven postulante se levanta, se traga un reanimador y se mete al baño. Madre no es de aquellas que se dan por vencidas fácilmente. La experiencia enseña y todavía viene detrás de él con su cantinela y dále que bla, bla, bla. Le cierra la puerta en las narices y desde adentro todavía escucha el rosario matinal. Abre la llave del agua y elimina molestias. Derrotada Madre, en el pasillo reina el silencio. Aliviado, respira a todo pulmón.
¡Guác! Maridito del alma número tres anduvo por aquí antes que él, lástima que Madre le tiene cercado, imposible abrir la puerta. Al joven postulante no le queda otra que envolverse la cabeza en la toalla –empapada, como era de esperar- y mirarse al espejo.
Horror, desiste de inmediato. Está peor que nunca, la droga de anoche era demasiado dura y le ha dejado la cara hinchada, la piel cenicienta y las ojeras hasta los pies. Ojalá el reanimador funcione luego o le dará una pésima impresión a la comisión seleccionadora. Se baja los calzoncillos, se sienta en el excusado y deja una nueva dosis tóxica al próximo que se atreva a entrar. En su fuero interno, el joven postulante desea que la víctima sea Número tres, aunque Madre se lo tendría bien merecido también. Vieja vaca.
No hay agua caliente; o le apagaron el gas o nadie pagó la cuenta, seguramente, lo primero, Número tres odia el agua helada. El joven postulante se lava cara y manos, se seca y peina con esmero. Se sanitiza con una nube del desodorante favorito de Número tres. Ahora puede enfrentar su imagen sin recaer en la depresión. Deprimente espectáculo, by the way, pero sus breves abluciones lo han mejorado ligeramente. Abandona el baño, regresa a su covacha. Con un par de patadas pone orden sobre el piso enviando ropa, libros y platos sucios bajo la cama. Se viste con su traje de solicitar empleo -obligada sugerencia de Madre-, se cubre la boca con la mascarilla, recupera los reanimadores que está olvidando sobre la mesita de noche -con ellos en el bolsillo se siente casi bien-, abre la puerta silenciosamente, asoma la cabeza al pasillo, constata que no haya moros en la costa; sale de puntillas, cierra la puerta del departamento tras de sí con un leve clic y ya está en la intemperie.
El corredor está vacío, seguramente ya es demasiado tarde para la horda laboral y si ha de creerle a su teléfono casi lo es también para la otra, aquella que quiere formar parte de la primera. Un viento de los mil demonios revoluciona nuestra mezcla tóxica respiratoria de cada día por la calle donde la lluvia ácida insiste en su diaria tarea de carcomer el concreto. Muy arriba, sobre la capa de smog e invisible a sus ojos, rondan ya los cópteros espías.
¡Bella mañana de abril en su urbe asignada! Aspirantes tan retrasados como él se apresuran en dirección a las oficinas del comisariato. En la esquina, nuevo estruendo anuncia el cotidiano accidente. Ululan las alarmas y la consabida voz digital invita a los transeúntes a cambiar de ruta para no entorpecer la acción de la policía. Obediente, el joven postulante se une al rebaño para cruzar a la otra acera tratando, sin embargo, de no perderse el espectáculo sangriento e hipnótico de tres vehículos destrozados y una mujer agonizando sobre el volante mientras un niño de pocos años chilla desesperado en el asiento trasero.
Suspendido el tráfico en la zona no tiene más alternativa que caminar hasta el Metro. Dos kilómetros de smog y lluvia azufrosa en compañía de una veintena de postulantes, cinco de los cuales tienen más aspecto de asaltantes que de buscadores de empleo. Conscientes de su poco edificante aspecto, todos ellos espían sus imágenes en las vitrinas vacías de los Grandes Almacenes. El joven postulante se atisba por el rabillo del ojo; Madre tenía razón, su traje le está quedando estrecho. Quizás ya sea tiempo de comprar otro.
Por los corredores del metro, una multitud aborregada se desplaza arriba y abajo por las escaleras mecánicas. Ya en el interior, un concierto de gruñidos sincroniza la batalla de codazos y pisotones conque todos se ayudan para alcanzar el andén. La manada humana ha generado una capa de hedor espesa como el aceite, que impregna glándulas olfatorias y ropas sin compasión. ¿Quién dijo que la vida en el planeta no es nada democrática?
El tren llega con su habitual bramido y la no menos usual media docena de derrotistas revolucionarios se arroja a las vías con la esperanza del arrollamiento pintada en la cara. La multitud que aguarda en el andén esboza su primer gesto de interés en lo que va del día. Para frustración de los espectadores, las maniobras de rescate entran en acción de inmediato: tres de los rebeldes son salvados por la red anti-suicidios, uno es rescatado por un guardia, un quinto llora por que quedó fuera de alcance del convoy y los restos del sexto, único en lograr su objetivo, son barridos por las aspas eliminadoras justo a tiempo para seguir con la rutina. El andén huele a sangre y carne achicharrada, pero las bombas de limpieza ya están clorando las vías para extraer hasta el último rastro del suicida.
Se comenta por lo bajo que los procedimientos han tenido un progreso notable desde la llegada del nuevo Presidente. Un pelotón de guardias aparecidos de la nada, hace los arrestos de rigor y se retira en compañía de los cinco prisioneros. Todos los demás, gente como él, normal, común y corriente, pueden al fin abalanzarse hacia el tren ofreciendo batalla sin cuartel a aquellos que intentan abandonarlo. En esto, pocos son tan buenos como el joven postulante quien en pocos segundos se encuentra dentro del vagón, justo frente a una senescente histérica que insiste en golpearle el pecho con los puños enguantados en látex y exigirle que la deje bajar. La mujer ha gritado tanto que tiene empapada de saliva la mascarilla protectora. Su sola imagen le asquea y le obliga a voltear la cara. A sus espaldas, la mujer sigue gritando sin que nadie le preste atención.
Ya es tarde; chicharrea la alarma, se cierran las puertas y aquí va en dirección al Comisariato de Población, Ocupación y Residencia. ¡Este día promete, capaz que alcance a ser entrevistado!

Una larga fila de postulantes rodea la manzana del Comisariato. El joven postulante da un par de vueltas aquí y allá buscando algún conocido con buena ubicación y más o menos en el número cincuenta reconoce a la chica rubia que se tiró hace un par de meses debajo de la escalera del Comisariato. Todavía no ha encontrado nada al parecer.
-Hola –jadea- llegué a tiempo.
Se cuela entre ella y el tipo esmirriado y pálido que viene detrás. Ella no dice nada, pero se queda mirándole con la boca abierta. Aprovecha para meterle un reanimador y se zampa uno también. El desempleado paliducho mira para otro lado y la rubia, que ya le ha ubicado en su disco duro, se le restriega en las piernas como si fuera una gata. ¡Estos reanimadores de última generación son increíbles! Se ponen de acuerdo para encontrarse a la salida.
La rubia no está nada de mal, la verdad. El postulante casi no la recordaba. Busca un preservativo en los bolsillos y cae en cuenta de que los ha olvidado en su habitación. Qué imbécil, se recrimina.
-Olvidé los preservativos –confiesa.
-No importa, yo tengo.
Esta chica es lo máximo. Se besan y excitan mutuamente. La muchacha le hace sentir muy bien, quizás sería bueno que se citaran en su casa para algo más prolongado. Hace ya mucho tiempo que el joven postulante tuvo su último encuentro físico y aunque para todos los efectos el mantener una novia formal sea absolutamente reprobable, el sólo hecho de sostener una relación ilegal le provoca aún más.
Los ágiles empleados del comisariato ya han comenzado a atender al público y la fila se desplaza como un caracol cuadraplégico por la vereda cubierta de papeles, colillas y escupitajos. Los postulantes comen, se drogan, manosean y quejan para aliviar el tedio de la espera. Un verdadero batallón de informales los abruma con ofrecimientos de todo tipo: bebidas heladas y calientes, hamburguesas sintéticas, todo tipo de drogas y bocadillos salados. Entretanto, la chica rubia hace un trabajo excelente, cuando llegan a la mitad del camino le tiene tan loco que es casi incapaz de seguir esperando.
-Vamos a terminar –propone.
-¡Estás loco! – le enfría la chica rubia-. Nos robarían el lugar y estoy aquí desde ayer.
-¿Cómo te llamas?
-Lucía –responde- ¿No te acuerdas?
Claro, la vez anterior también se lo preguntó. Se besan más calmados. Ella le cuenta que quiere un trabajo de mesera. Se ha conseguido una recomendación con un funcionario que se acuesta con su madre, pero no le aclara si hay trío de por medio. El interés del postulante crece; se pregunta si la chica rubia podrá conseguir una para él, quizás a su madre le gusten más jóvenes y logren un arreglo. Es de esperar que el conjunto no incluya al funcionario, hay cosas a las que verdaderamente le ha costado acostumbrarse. Las lesbianas, pase, pero no quiere nada con homosexuales, ni siquiera con la esperanza de un puesto en la Cancillería. Madre todavía le echa en cara el cupo conseguido por Maridito del Alma Número Dos –QEPD- que el joven postulante declinó en forma perentoria cuando supo que incluía los ya consabidos favores personales al Primer Secretario de la Embajada en Beluchistán.

Casi a las cinco de la tarde, el postulante regresa a la calle algo deslumbrado por los restos de luz natural para descubrir que la chica rubia le está esperando.
-¡Lo tengo! –larga ella entusiasmada.
-¿Qué cosa?
-El puesto, empiezo en una semana, en el Café Molecular. ¿Y tú?
Él dice algo sobre un ofrecimiento en el Departamento de Aseo del Hospital para Senescentes en Vías de Desprogramación, pero su voz resulta poco convincente. La chica rubia está tan contenta que le obliga a ver el lado bueno de las cosas. En dos semanas, promete, el funcionario que duerme con su madre le habrá conseguido algo mejor, quizás hasta de encargado del Café Molecular. ¿No sería encantador trabajar juntos?
Trabajar juntos y mantener una relación sería casi pornográfico, piensa el postulante. La situación es tan ilegal que le excita terriblemente. La chica rubia lo invita bajo la escalera del Comisariato, pero esta tarde él quiere mucho más. Ella ofrece su departamento, con la salvedad de que él tendría que pagar algo para que el encuentro adquiera visos de legitimidad. Si no tiene dinero, no importa, ella misma puede facilitarlo y, en tal caso, el joven postulante prestaría el servicio.
La solución les acomoda a ambos. En el primer cajero disponible se efectúa la transacción y ahora que los trámites legales están cubiertos la tensión nerviosa disminuye. Están casi a un paso del Metro y ella sólo vive a dieciocho estaciones de allí, lo que significa que él podría regresar temprano a casa.
Al joven postulante le encanta que ella sea tan buena como él para desplazarse en el Metro. No es fácil manejarse en horario de salida. La multitud huele aún peor que en la mañana y sus rostros avinagrados por la jornada laboral son apenas un anticipo de la dureza de sus codazos y lo peligroso de sus pisotones. Sin embargo, para el joven postulante y la chica rubia esto es pan comido. En apenas veinte minutos ya están en primera fila del andén; al parecer, el tren viene más retrasado de lo habitual.
Se besan y manosean con entusiasmo. Ella le muerde la oreja y empieza a musitarle cochinadas al oído. De pronto, el postulante cree no haber entendido.
-Soy una rebelde…-susurra la chica rubia.
Él trata de entender qué quiso decir la chica en verdad, pero no será necesario. Ella ha decidido ser más explícita.
-Siempre soñé encontrar a la persona con la que me arrojaría al tren –se confiesa.
El joven postulante entra en pánico. ¿Es esto una treta para excitarlo más o la chica rubia pertenece verdaderamente a esa manga de chiflados y terroristas?
La chica no da pie para equivocaciones.
-He ido al Comisariato por dos años y esta es la primera vez que consigo un tipo para que salte conmigo.
El postulante desespera. Ella lo tiene fuertemente agarrado de la cintura y es casi seguro que cuando llegue el tren lo arrastrará a los rieles. La chica rubia parece fuerte, no tendrá dificultad para hacerlo. En el cerebro del joven postulante se suceden las imágenes vertiginosamente. La chica rubia que salta, el grito de pánico de los dos, media docena de entusiastas que siguen su ejemplo, el chirrido de los frenos del convoy que se les viene encima, el golpe, la sangre, el ardor del acero caliente sobre su piel y sus huesos.
-Esto es lo más caliente que he vivido –susurra el joven postulante.
Ella se desprende y lo mira a los ojos. Su mirada azul brilla romántica y emocionada.
-Te amo –musita.
El postulante está consciente de que esas palabras son suficientes para ser arrestados. Cualquier pasajero en dos metros cuadrados las ha escuchado ya y podría llamar un guardia con vistas a un par de cupos extra en el tren.
-Estás preciosa y me haces muy feliz – continúa.
El andén tiembla y el estruendo del convoy entrando en la estación le dice que queda poco tiempo. La chica rubia ha sacado un pañuelito con borde de encajes y se seca una lágrima furtiva. A él todo esto le parece, además, algo cursi. Se han tomado de la mano, ya listos para el salto final. El tren recorre los últimos metros jadeando como monstruo enfermo, cinco, cuatro, tres, dos…
-¡Rebelde terrorista! –grita desesperado.
Simultáneamente, el joven postulante empuja a la chica rubia hacia las vías del tren. La boca de la chica rubia es una O mayúscula, perfecta y estupefacta. Su cuerpo delgado y juvenil volotea en el aire por sólo un segundo antes de desaparecer bajo la máquina. En el andén, todo está en frenético movimiento: los guardias alertados por el joven postulante corren hacia el borde y los pasajeros que aguardan el tren se apretujan en dirección contraria. Media docena de derrotistas revolucionarios se arrojan a los rieles. Las redes se activan a tiempo de rescatar a tres de ellos. Cuando el tren se detiene, las aspas eliminadoras barren los restos de la chica rubia y sus cómplices. Huele a sangre y carne quemada.
Se hacen los arrestos de rigor. El joven postulante, en su calidad de testigo, es invitado a declarar a favor de la Fiscalía Antiterrorista. La multitud está molesta por el retraso y aborda el convoy en forma más agresiva que de costumbre. El joven postulante reemprende el camino a la superficie en compañía de los guardias. La Fiscalía, le asegura uno de ellos, tiene especial atención con los ciudadanos responsables, como él, y es casi seguro que le podrían conseguir un cupo a la brevedad. Quizás aquí mismo, en el Metro.
Allá abajo, las bombas limpiadoras han retomado su tarea. Un fuerte olor a cloro borra el rastro de la sangre y los vapores suben por la escalera mecánica detrás del pequeño grupo. Al joven postulante le molesta el olor, sus ojos arden y una lágrima furtiva le asoma sin querer.

1 comentario:

Anónimo dijo...

excelente relato, felicitaciones.