lunes, 21 de enero de 2008

El día que Jorge Luis Borges perdió el Nobel


El Chico Romo andaba como loco; cuatro horas perdió ese día por esperarlo en el aeropuerto. Y nada. Había tantos pacos que ni siquiera divisó al viejo, que cuando bajó del avión parecía un fantasma, con la cara empolvada y el traje oscuro hecho a la medida, tal y como lo meten a uno en el cajón. La comitiva lo sacó prácticamente en andas, todos sonriendo embobados y lamiendo el piso por delante de él. Hay que entenderlo, también. Ningún escritor serio iba a pasearse por Chile a tres años del golpe militar y mucho menos en compañía del Rector impuesto por la Junta, así que todos querían aprovechar la ocasión de pasar por cultos.
Eran las seis y media de la tarde y, de puro milagro, el Chico se dio cuenta de que los sapos andaban por todas partes y se fue para su casa. Amargado, el pobre, tantos años acarreando El Aleph en la mochila y justo cuando Borges estaba al alcance de su mano, una nube de tontons macoutes lo rodeaba.
- Mañana lo pillo solito.- Me aseguró esa noche cuando hicimos punto en el Parque Forestal. Yo le entregué los papeles que me habían llegado y unos pesos para que comprara cola de pegar. Había orden de encolar todos los candados de los negocios para provocar problemas al aparataje de la dictadura.
- Ándate con cuidado.- Le dije.- Yo reconocí a dos agentes en la comitiva y en la recepción de la Embajada van a tener una red, por si a algún gil se le ocurriera asilarse.
El Chico protestó calurosamente, jamás se le había pasado por la cabeza idea tan peregrina, me dijo, cómo se me ocurría a mí, que lo había visto desde el colegio con el Aleph bajo el brazo, pensar tal cosa. Un autógrafo, nada más, que el viejo le estampara la millonaria en la contratapa, y listo, ya podía el Chico Romo morirse satisfecho.
- No vís que está tan viejito, - me espetó antes de marcharse- capaz que se muera sin volver a Chile.
En eso tenía toda la razón. El viejo era más cadáver que nunca, con un par de ojos hueros hundidos en las cuencas y una mano temblona y artrítica engarfiada en el bastón. Puro seso; podía morirse en cualquier momento, pero no perdía ocasión de recordarnos que las neuronas todavía le bailaban.
- "El hecho de que aquí, como en mi patria y en Uruguay, se esté salvando la libertad y el orden..." - Se había atrevido a decir, junto con un montón de imbecilidades más.
Para qué quería libertad, el vejestorio, si no podía dar tres pasos sin ayuda. Y qué decir del orden. Yo creo que ni conocía la palabra caos y que se había venido a pasear por acá sin siquiera darle un vistazo al diario. Orden era lo que necesitábamos nosotros; que se ordenara el naipe, se fueran los milicos para su casa y volvieran los rectores de primera línea, los académicos verdaderos y un presidente elegido por el pueblo, en vez de que nos pasaran gato por liebre vistiendo al palurdo de civil.
Todo en las noticias era Borges, Borges y más Borges. De repente parecía como si todo Chile lo hubiese leído. Uno de los espíritus más preclaros del mundo contemporáneo, lo llamaban; manera elíptica de reemplazar el término conservador, que le sentaba como guante. Esa misma noche le hicieron una recepción en la Embajada Argentina; supongo que no se habrá podido caminar en el salón sin tropezarse entre tanto sable y alamar suelto por ahí. Y la televisión se solazaba en tanto traje de noche, tanto peinado enlacado, tanto coipo y tanta perla de las mujeres, que pasaban envueltas en estelas de Chanel N° 5. Borges, del brazo de una china flaca que podría haber sido su nieta, más inflado que palomo en celo con todos esos halagos de milicos que habían leído a la carrera sus cuentos tres días antes de que él llegara para no pasar por ignorantes.
Al día siguiente llamé al Chico desde un teléfono público de Irarrázaval con Pedro de Valdivia. Bien lejos de mi casa, por si acaso. No estaba, su mamá me dijo que andaba en lo del viejo otra vez. Parece que daba una conferencia de prensa en su hotel. La señora no quería más, ya veía a su nene del brazo con Jorge Luis Borges en el mismísimo Sheraton; siempre había sido bien tonta la vieja, yo no sé que pensaba que hacíamos nosotros. ¿Estudiar?
Lo llamé de nuevo a la hora de almuerzo. El Chico estaba en trance, se había pasado espiando todo desde una clínica vecina sin ponerle el ojo encima al vejete. A mí ya me tenía lleno con el asunto, dos días perdidos por culpa del lindo y sin saber qué cuentas dar en la reunión de célula. Lo subí y lo bajé y él me juró que recogería el cargo para entregárselo al compañero del próximo punto.
- Mañana te llaman para avisarte dónde te toca.- Le dije, bien enojado, y le corté antes de que detectaran la conversación.
El lunes veinte nos encontramos en el Pedagógico y nos pegamos un plantón de dos horas esperando a Borges, que venía a un diálogo con los alumnos en la Escuela de Periodismo. En mi vida había visto tanto estudiante de periodismo preocupado de minucias literarias. Expertos en estilo y ciencia-ficción, los cretinos. Yo también morí pollo, por supuesto, no se puede arriesgar el pellejo por cualquier tontera cuando se tienen responsabilidades que cumplir. A la salida, me acerqué al Chico, que andaba haciéndose el galán con una chiquilla de primero, y le dije para callado:
- ¿Te dieron el punto?
- Sí, - contestó en un susurro- para el miércoles. Tenemos que entregar todo lo que hemos preparado.
Y nos separamos al tiro, para que no nos fueran a rochar; el Pedagógico era una auténtica sucursal de los gorilas. Yo me fui a mi casa, almorcé tranquilo y pasé la tarde en el Cine Central con la Isabel. Ni me pregunten que exhibían. Nos pegamos tremendo atraque, porque hacía más de una semana que no nos veíamos; es tan rico olvidarse de las cosas desagradables, yo no quería pensar en el punto del miércoles ni en el peligro que implicaba. El Chico y yo nos habíamos pasado un mes juntando molotovs en nuestras casas y teníamos que entregárselas a un compadre que pasaría en una camioneta blanca por ellas. Tenía hasta el modelo, una Chevrolet 59. Los otros datos, hora y lugar, los tenía el Chico. Por si nos pillaban. La seguridad era lo que más nos metían, a cada rato.
Por esa misma razón, no llamé más al Chico. El martes me fui a clases y como salí temprano, pasé a la Biblioteca para conseguirme la Historia de Luis Alberto Sánchez para un trabajo que estaba haciendo. Ni luces del Chico, pero no me importó, porque ya todo estaba concertado. Estuve como hasta la una trabajando en eso y después tomé la Catedral- Manuel Montt para irme a la casa. Llegué cuando ya estaban almorzando y mi viejo estaba con un genio de los mil demonios, porque mi hermano le había hecho un medio raspón al tapabarros derecho del 125. Se pasó todo el almuerzo despotricando en contra de los irresponsables que no le han ganado a nadie y se creen grandes. Mi hermano y yo nos mascamos la rabia con las lentejas y el arroz y ya estábamos en el postre cuando a mi mamá le da por poner las noticias y ahí, detrasito de Borges en la Casa Central de la Universidad, estaba el Chico Romo, de cuello y corbata, saludando con el Aleph en la mano. Una edición más vieja y manoseada que la tía Carlina, que el chico guardaba como si fuera de oro puro.
- ¿No es ése tu amigo?- Preguntó mi vieja.
Y mi viejo se aprovechó al tiro del pánico. Ahí era donde debíamos estar, me dijo, aprendiendo de los profesores y los valientes soldados que se la jugaron para devolvernos la libertad. Que nunca se habría imaginado que el Chico fuera un muchacho tan culto y tan responsable, que ojalá aprendiera de él en vez de andar perdiendo el tiempo como un tonto; que el día menos pensado se iba a dejar caer por la Universidad para ver si estaba estudiando o no, porque cuando él era joven, uno se la pasaba de cabeza en los libros en vez de andar de un lado para otro, pololeando y bailoteando como un irresponsable.
Y detrás de su pelada el Chico me seguía haciendo señas con el Aleph, mientras Borges sacaba pecho y alargaba la oreja para escuchar a mi general Toro Dávila consagrándolo como Doctor Honoris Causa de la Universidad de Chile, tremendo honor. Yo no sé de donde habían sacado tantos chupamedias juntos; el locutor se llenaba la boca para decir que Borges era un puntal del pensamiento humanista cristiano de occidente, que estaba muy satisfecho de estar aquí, que él era enemigo del comunismo y eso no era ningún misterio, que como argentino, debía gratitud. Un caballero, y ése era él, no sacrificaba lo que pensaba por un premio y, que si de geografía se trataba, cualquier día de estos se lo daban - el Nobel, obviamente- a un escritor de Groenlandia. Todas estas perlas extractadas, al parecer, de su conferencia del día anterior.
Yo no quise ni pensar qué iban a decir los compañeros, con qué cara asomarme a la reunión después de haber llevado al Chico al grupo poniendo mi mano al fuego por él. A este huevón, pensé, se las voy a cantar claritas, a mí no me va a dejar en ridículo por lamerle el culo al cabrón de Borges. Porque el Chico había estado presente cuando debatimos sobre el provecho que le sacaría la dictadura a esta visita y se había comprometido a trabajar contra eso, igual que todos nosotros. Por suerte, pensé, los de la célula contacto no le han visto la cara y Dios quiera que no hayan visto las noticias de Canal Nacional.
Y en mala hora no las vieron, efectivamente. Ni lo que se vio, ni lo que no se vio, porque cuando el Chico salía de la Casa Central apretando el Aleph con la firma de Borges contra su corazón se acercaron tres gorilas de la Dina y lo agarraron de los brazos mientras lo empujaban hacia la calle Arturo Prat, donde lo metieron de un sólo empujón adentro de un auto sin patente, que tenía los vidrios polarizados. El Chico no sacó el habla, le tenían la cabeza aplastada contra el asiento y le presionaban una pistola contra la nuca. Debe haberse meado de miedo ahí mismo, el Chico, con lo maricón que era cuando jugábamos fútbol. Bastaba que lo tocaran para que el lindo se echara al suelo a retorcerse peor que centro delantero.
Pero de todo esto yo no tenía idea, porque me pasé la tarde estudiando, comí temprano y me fui a la cama al tiro, de puro nervioso que me tenía el punto del día siguiente.
Como a las nueve me llamó el Chico Romo. Estaba de lo más misterioso. Plaza Las Campanas, me dijo, miércoles, a las cero siete con treinta. Y cuando yo quise preguntarle sobre lo ocurrido en la Casa central me dijo que no tenía tiempo, que estaba apurado y que mañana nos veíamos, que no se me fuera a olvidar.
- A ti no más se te ocurre.- Le contesté yo, qué se creía este huevón; recién llegado a la célula y se atrevía a dudar de un militante antiguo, como yo. Ya me lo veía farsanteando porque se había atrevido a aparecerse en las narices mismas del poder universitario para saludar a Borges ¿Y en qué habían quedado las órdenes, ah? Mañana te las vai a ver conmigo, Chico'e mierda, me dije, y me quedé dormido como tronco.
Y desperté a las siete en punto, con tremendo sueño, y casi me voy de espaldas cuando veo el reloj. Llegué a saltar de la cama y no supe como me puse la ropa, partí al garaje y saqué las molotov que tenía escondidas debajo de los diarios viejos, las eché en el baúl del 125 y rajé antes de que me viera mi viejo. Después de todo, era una emergencia.
Subí hecho una bala por Irarrázaval y doblé por Tobalaba casi sin frenar; por suerte, a esa hora no pasan ni moscas. Eran las siete cuarenta y cinco cuando llegué a la Plaza Las Campanas.
Lo primero que vi, fue la Chevrolet 59, blanca. Estaba rodeada por tres autos sin patente y un camión militar que cerraba el paso hacia el sur. Al Chico lo tenían esposado y con una bolsa oscura en la cabeza, pero lo reconocí por su parka verde y el pantalón desteñido. Un civil con una metralleta en la mano me conminó a detenerme en una pequeña fila de vehículos que esperaba junto a la cuneta; algo más adelante, a unos cinco metros de la Chevrolet, divisé el cuerpo de un hombre joven yaciendo en un charco de sangre negruzca, que empezaba a deslizarse lentamente hacia los canteros de cardenales cubiertos de tierra y rocío. Confieso que tiritaba de miedo; no podía controlar mi barbilla, que temblequeaba peor que la de un vejete cuando el milico nos hizo señas de que avanzáramos y nos permitió el paso.
Seguí de largo hasta Walker Martínez y en una curva del canal eché al agua, una por una, todas mis molotov y las pilas de panfletos que me había entregado mi punto una semana atrás. Después me vine hasta la casa de mi hermana casada y dejé allí el Fiat, para que lo recogiera mi papá. Desde un teléfono público llamé a mi contacto para que me dieran un lugar seguro. A esa hora, Jorge Luis Borges era condecorado por Pinochet en el Diego Portales y, según sus propias palabras, sintió pena por ese señor que estaba tan solo en el poder y que tenía un sufrimiento interior tan grande. Borges recordó a sus antepasados guerreros y compartió con el general el íntimo placer de evocar la gloria común, la lucha por la independencia y la hombría de los soldados.
Al Chico se lo llevaron a Villa Grimaldi. Durante una semana le sacaron la cresta para que no fuera a arrepentirse de colaborar y pasó el resto de la dictadura identificando compañeros de universidad y achacándole militancias a Pedro, Sancho y Diego. Nunca más volvió a ver su ejemplar del Aleph y, según tengo entendido, el 85 se fue a Canadá en busca de una nueva vida.

miércoles, 2 de enero de 2008

Fuegos de artificio


Happy new year! Los mejores fuegos artificiales los pone, quién podría discutirlo, el volcán Llaima. Nuestra amada Tierra sacude el lomo y los parásitos sobre ella nos aterramos y ponemos pies en polvorosa. La soporífica e ineficiente directora de la Onemi reemplaza las llamaradas infernales del Llaima. apago el tevé. Natura nos concede la oportunidad de este espectáculo maravilloso que, como caja de Pandora, cada cierto tiempo se cobra la vida de algún vulcanólogo deslumbrado. Siempre admiré a Haroun Tazzieff, quien murió en su ley, devorado por las entrañas ardientes del planeta que lo llamaban seductoras. Chile, que no puede ser más que paleto y prosaico, entra en pánico una vez más y evacúa de la zona la friolera de 53 personas. 53,vaya multitud! La Vieja Madre pega sus zarpazos para recordarle al hombre que no es más que un estornudo, un estado viral, en su larga existencia.
El terremoto del 60 destruye una gran zona, revista Vea aprovecha de vender más ejemplares, alguien se roba el abrigo de pieles de Vivian Leigh, no hay tevé que permita el llanterío de los afectados, de manera que todo luce como es: un drama de gran envergadura. cincuenta años después, la zona es un paraíso para las aves. Con suerte, otro terremoto termina con la planta de Celco y las deja felices de nuevo.Feliz año nuevo, cisnes, regresen a Valdivia.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

feliz navidad

No se por qué esto de feliz navidad tiene sabor a José Feliciano, seguramente para quitarme de la boca el deprimente sabor de la misa, una hora de clase media chilensis sin educación, atropellándose y parloteando en los templos saturados, con niños que gritan, lloriquean y juegan a la pelota. La clásica llamada al cretino(a) del celular, un perro curioso que olfatea desde la puerta, los cuidadores de autos hacen su agosto en la próxima esquina y por lo menos tres vecinos cercanos que infructuosamente intentan sacar sus automóviles sin chocar con el cristiano que se estacionó en su salida. Viva Chile posmierdamoderno.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Ética del joven postulante


-¡Riiiing!
El joven postulante salta en la cama, extiende la mano buscando la mesita de noche, la oscuridad es total. Bota un par de cosas y manotea por arriba de libros y botellas, calcetas sucias y frascos de pastillas. Nuevos manotazos, otra cosa que cae y claro, ahora el ring le llama desde el piso. Tantea en las profundidades, flush, voltea la cerveza que no terminó, ¡eureka!, pesca y apaga la alarma del maldito teléfono. Está mojado, pero su pantalla parpadea débilmente todavía; lo seca con la sábana y se tapa la cabeza con ella., ¡Demonios, está mojada también! Fría, brrr, huele a orina de gato. El joven postulante la descarta y se sumerge entre las cobijas; todavía puede dormir media hora, seguramente hay una fila de ingenuos esperando desde ayer que se abra la oficina y además, ¿qué posibilidades tiene de conseguir el utópico trabajo? ¿0.1%? La última vez ni siquiera llegó a la ventanilla.
-Toc toc toc.
Madre, queridísima Madre, no hay cómo librarse de ella.
El joven postulante se hace el loco, pero Madre insiste, “¡Pablo!”, llama; abre la puerta, invade su habitación, tropieza con la ropa que él le dejó ayer a la entrada, le evoca en términos poco afectuosos, patea la bandeja, le manda de frentón a la mierda, y esta vez, grita:
-¡Pablo!
Él pretende que duerme mal, se queja, se da vueltas en la cama como si hubiera tomado una dosis hace poco y no pudiera coordinar, pero ella está decidida; patea sus libros, se enreda en el bulto de ropa otra vez, se agarra de la cama justo a tiempo para no caer, le dedica un último adjetivo lleno de ternura materna y cuando él ya cree que se rindió, da con la lámpara y enciende la luz.
-¡Pablo, levántate! ¡Hasta cuándo vas a estar acá, flojo, inútil, volando todas las noches, sin hacer ni la cama, nadando en ropa sucia; esto está hediondo, mira, diste vuelta una botella, última vez que te lo digo, si no te vas a fin de mes, yo misma llamo al Comisario de Población y Residencia para que te eche!
Vanas amenazas, si no fuera por el imbécil del comisario hace tiempo que Madre le habría echado. Al gobierno no le conviene aumentar la tasa de joumles y no tiene, por lo demás, interés alguno en sacarle de ahí. Si todos los cesantes que viven con sus padres entraran mañana en las estadísticas se les iba al diablo la reelección.
Pero bueno, madre hay una sola, y la suya es de las peores. El joven postulante se levanta, se traga un reanimador y se mete al baño. Madre no es de aquellas que se dan por vencidas fácilmente. La experiencia enseña y todavía viene detrás de él con su cantinela y dále que bla, bla, bla. Le cierra la puerta en las narices y desde adentro todavía escucha el rosario matinal. Abre la llave del agua y elimina molestias. Derrotada Madre, en el pasillo reina el silencio. Aliviado, respira a todo pulmón.
¡Guác! Maridito del alma número tres anduvo por aquí antes que él, lástima que Madre le tiene cercado, imposible abrir la puerta. Al joven postulante no le queda otra que envolverse la cabeza en la toalla –empapada, como era de esperar- y mirarse al espejo.
Horror, desiste de inmediato. Está peor que nunca, la droga de anoche era demasiado dura y le ha dejado la cara hinchada, la piel cenicienta y las ojeras hasta los pies. Ojalá el reanimador funcione luego o le dará una pésima impresión a la comisión seleccionadora. Se baja los calzoncillos, se sienta en el excusado y deja una nueva dosis tóxica al próximo que se atreva a entrar. En su fuero interno, el joven postulante desea que la víctima sea Número tres, aunque Madre se lo tendría bien merecido también. Vieja vaca.
No hay agua caliente; o le apagaron el gas o nadie pagó la cuenta, seguramente, lo primero, Número tres odia el agua helada. El joven postulante se lava cara y manos, se seca y peina con esmero. Se sanitiza con una nube del desodorante favorito de Número tres. Ahora puede enfrentar su imagen sin recaer en la depresión. Deprimente espectáculo, by the way, pero sus breves abluciones lo han mejorado ligeramente. Abandona el baño, regresa a su covacha. Con un par de patadas pone orden sobre el piso enviando ropa, libros y platos sucios bajo la cama. Se viste con su traje de solicitar empleo -obligada sugerencia de Madre-, se cubre la boca con la mascarilla, recupera los reanimadores que está olvidando sobre la mesita de noche -con ellos en el bolsillo se siente casi bien-, abre la puerta silenciosamente, asoma la cabeza al pasillo, constata que no haya moros en la costa; sale de puntillas, cierra la puerta del departamento tras de sí con un leve clic y ya está en la intemperie.
El corredor está vacío, seguramente ya es demasiado tarde para la horda laboral y si ha de creerle a su teléfono casi lo es también para la otra, aquella que quiere formar parte de la primera. Un viento de los mil demonios revoluciona nuestra mezcla tóxica respiratoria de cada día por la calle donde la lluvia ácida insiste en su diaria tarea de carcomer el concreto. Muy arriba, sobre la capa de smog e invisible a sus ojos, rondan ya los cópteros espías.
¡Bella mañana de abril en su urbe asignada! Aspirantes tan retrasados como él se apresuran en dirección a las oficinas del comisariato. En la esquina, nuevo estruendo anuncia el cotidiano accidente. Ululan las alarmas y la consabida voz digital invita a los transeúntes a cambiar de ruta para no entorpecer la acción de la policía. Obediente, el joven postulante se une al rebaño para cruzar a la otra acera tratando, sin embargo, de no perderse el espectáculo sangriento e hipnótico de tres vehículos destrozados y una mujer agonizando sobre el volante mientras un niño de pocos años chilla desesperado en el asiento trasero.
Suspendido el tráfico en la zona no tiene más alternativa que caminar hasta el Metro. Dos kilómetros de smog y lluvia azufrosa en compañía de una veintena de postulantes, cinco de los cuales tienen más aspecto de asaltantes que de buscadores de empleo. Conscientes de su poco edificante aspecto, todos ellos espían sus imágenes en las vitrinas vacías de los Grandes Almacenes. El joven postulante se atisba por el rabillo del ojo; Madre tenía razón, su traje le está quedando estrecho. Quizás ya sea tiempo de comprar otro.
Por los corredores del metro, una multitud aborregada se desplaza arriba y abajo por las escaleras mecánicas. Ya en el interior, un concierto de gruñidos sincroniza la batalla de codazos y pisotones conque todos se ayudan para alcanzar el andén. La manada humana ha generado una capa de hedor espesa como el aceite, que impregna glándulas olfatorias y ropas sin compasión. ¿Quién dijo que la vida en el planeta no es nada democrática?
El tren llega con su habitual bramido y la no menos usual media docena de derrotistas revolucionarios se arroja a las vías con la esperanza del arrollamiento pintada en la cara. La multitud que aguarda en el andén esboza su primer gesto de interés en lo que va del día. Para frustración de los espectadores, las maniobras de rescate entran en acción de inmediato: tres de los rebeldes son salvados por la red anti-suicidios, uno es rescatado por un guardia, un quinto llora por que quedó fuera de alcance del convoy y los restos del sexto, único en lograr su objetivo, son barridos por las aspas eliminadoras justo a tiempo para seguir con la rutina. El andén huele a sangre y carne achicharrada, pero las bombas de limpieza ya están clorando las vías para extraer hasta el último rastro del suicida.
Se comenta por lo bajo que los procedimientos han tenido un progreso notable desde la llegada del nuevo Presidente. Un pelotón de guardias aparecidos de la nada, hace los arrestos de rigor y se retira en compañía de los cinco prisioneros. Todos los demás, gente como él, normal, común y corriente, pueden al fin abalanzarse hacia el tren ofreciendo batalla sin cuartel a aquellos que intentan abandonarlo. En esto, pocos son tan buenos como el joven postulante quien en pocos segundos se encuentra dentro del vagón, justo frente a una senescente histérica que insiste en golpearle el pecho con los puños enguantados en látex y exigirle que la deje bajar. La mujer ha gritado tanto que tiene empapada de saliva la mascarilla protectora. Su sola imagen le asquea y le obliga a voltear la cara. A sus espaldas, la mujer sigue gritando sin que nadie le preste atención.
Ya es tarde; chicharrea la alarma, se cierran las puertas y aquí va en dirección al Comisariato de Población, Ocupación y Residencia. ¡Este día promete, capaz que alcance a ser entrevistado!

Una larga fila de postulantes rodea la manzana del Comisariato. El joven postulante da un par de vueltas aquí y allá buscando algún conocido con buena ubicación y más o menos en el número cincuenta reconoce a la chica rubia que se tiró hace un par de meses debajo de la escalera del Comisariato. Todavía no ha encontrado nada al parecer.
-Hola –jadea- llegué a tiempo.
Se cuela entre ella y el tipo esmirriado y pálido que viene detrás. Ella no dice nada, pero se queda mirándole con la boca abierta. Aprovecha para meterle un reanimador y se zampa uno también. El desempleado paliducho mira para otro lado y la rubia, que ya le ha ubicado en su disco duro, se le restriega en las piernas como si fuera una gata. ¡Estos reanimadores de última generación son increíbles! Se ponen de acuerdo para encontrarse a la salida.
La rubia no está nada de mal, la verdad. El postulante casi no la recordaba. Busca un preservativo en los bolsillos y cae en cuenta de que los ha olvidado en su habitación. Qué imbécil, se recrimina.
-Olvidé los preservativos –confiesa.
-No importa, yo tengo.
Esta chica es lo máximo. Se besan y excitan mutuamente. La muchacha le hace sentir muy bien, quizás sería bueno que se citaran en su casa para algo más prolongado. Hace ya mucho tiempo que el joven postulante tuvo su último encuentro físico y aunque para todos los efectos el mantener una novia formal sea absolutamente reprobable, el sólo hecho de sostener una relación ilegal le provoca aún más.
Los ágiles empleados del comisariato ya han comenzado a atender al público y la fila se desplaza como un caracol cuadraplégico por la vereda cubierta de papeles, colillas y escupitajos. Los postulantes comen, se drogan, manosean y quejan para aliviar el tedio de la espera. Un verdadero batallón de informales los abruma con ofrecimientos de todo tipo: bebidas heladas y calientes, hamburguesas sintéticas, todo tipo de drogas y bocadillos salados. Entretanto, la chica rubia hace un trabajo excelente, cuando llegan a la mitad del camino le tiene tan loco que es casi incapaz de seguir esperando.
-Vamos a terminar –propone.
-¡Estás loco! – le enfría la chica rubia-. Nos robarían el lugar y estoy aquí desde ayer.
-¿Cómo te llamas?
-Lucía –responde- ¿No te acuerdas?
Claro, la vez anterior también se lo preguntó. Se besan más calmados. Ella le cuenta que quiere un trabajo de mesera. Se ha conseguido una recomendación con un funcionario que se acuesta con su madre, pero no le aclara si hay trío de por medio. El interés del postulante crece; se pregunta si la chica rubia podrá conseguir una para él, quizás a su madre le gusten más jóvenes y logren un arreglo. Es de esperar que el conjunto no incluya al funcionario, hay cosas a las que verdaderamente le ha costado acostumbrarse. Las lesbianas, pase, pero no quiere nada con homosexuales, ni siquiera con la esperanza de un puesto en la Cancillería. Madre todavía le echa en cara el cupo conseguido por Maridito del Alma Número Dos –QEPD- que el joven postulante declinó en forma perentoria cuando supo que incluía los ya consabidos favores personales al Primer Secretario de la Embajada en Beluchistán.

Casi a las cinco de la tarde, el postulante regresa a la calle algo deslumbrado por los restos de luz natural para descubrir que la chica rubia le está esperando.
-¡Lo tengo! –larga ella entusiasmada.
-¿Qué cosa?
-El puesto, empiezo en una semana, en el Café Molecular. ¿Y tú?
Él dice algo sobre un ofrecimiento en el Departamento de Aseo del Hospital para Senescentes en Vías de Desprogramación, pero su voz resulta poco convincente. La chica rubia está tan contenta que le obliga a ver el lado bueno de las cosas. En dos semanas, promete, el funcionario que duerme con su madre le habrá conseguido algo mejor, quizás hasta de encargado del Café Molecular. ¿No sería encantador trabajar juntos?
Trabajar juntos y mantener una relación sería casi pornográfico, piensa el postulante. La situación es tan ilegal que le excita terriblemente. La chica rubia lo invita bajo la escalera del Comisariato, pero esta tarde él quiere mucho más. Ella ofrece su departamento, con la salvedad de que él tendría que pagar algo para que el encuentro adquiera visos de legitimidad. Si no tiene dinero, no importa, ella misma puede facilitarlo y, en tal caso, el joven postulante prestaría el servicio.
La solución les acomoda a ambos. En el primer cajero disponible se efectúa la transacción y ahora que los trámites legales están cubiertos la tensión nerviosa disminuye. Están casi a un paso del Metro y ella sólo vive a dieciocho estaciones de allí, lo que significa que él podría regresar temprano a casa.
Al joven postulante le encanta que ella sea tan buena como él para desplazarse en el Metro. No es fácil manejarse en horario de salida. La multitud huele aún peor que en la mañana y sus rostros avinagrados por la jornada laboral son apenas un anticipo de la dureza de sus codazos y lo peligroso de sus pisotones. Sin embargo, para el joven postulante y la chica rubia esto es pan comido. En apenas veinte minutos ya están en primera fila del andén; al parecer, el tren viene más retrasado de lo habitual.
Se besan y manosean con entusiasmo. Ella le muerde la oreja y empieza a musitarle cochinadas al oído. De pronto, el postulante cree no haber entendido.
-Soy una rebelde…-susurra la chica rubia.
Él trata de entender qué quiso decir la chica en verdad, pero no será necesario. Ella ha decidido ser más explícita.
-Siempre soñé encontrar a la persona con la que me arrojaría al tren –se confiesa.
El joven postulante entra en pánico. ¿Es esto una treta para excitarlo más o la chica rubia pertenece verdaderamente a esa manga de chiflados y terroristas?
La chica no da pie para equivocaciones.
-He ido al Comisariato por dos años y esta es la primera vez que consigo un tipo para que salte conmigo.
El postulante desespera. Ella lo tiene fuertemente agarrado de la cintura y es casi seguro que cuando llegue el tren lo arrastrará a los rieles. La chica rubia parece fuerte, no tendrá dificultad para hacerlo. En el cerebro del joven postulante se suceden las imágenes vertiginosamente. La chica rubia que salta, el grito de pánico de los dos, media docena de entusiastas que siguen su ejemplo, el chirrido de los frenos del convoy que se les viene encima, el golpe, la sangre, el ardor del acero caliente sobre su piel y sus huesos.
-Esto es lo más caliente que he vivido –susurra el joven postulante.
Ella se desprende y lo mira a los ojos. Su mirada azul brilla romántica y emocionada.
-Te amo –musita.
El postulante está consciente de que esas palabras son suficientes para ser arrestados. Cualquier pasajero en dos metros cuadrados las ha escuchado ya y podría llamar un guardia con vistas a un par de cupos extra en el tren.
-Estás preciosa y me haces muy feliz – continúa.
El andén tiembla y el estruendo del convoy entrando en la estación le dice que queda poco tiempo. La chica rubia ha sacado un pañuelito con borde de encajes y se seca una lágrima furtiva. A él todo esto le parece, además, algo cursi. Se han tomado de la mano, ya listos para el salto final. El tren recorre los últimos metros jadeando como monstruo enfermo, cinco, cuatro, tres, dos…
-¡Rebelde terrorista! –grita desesperado.
Simultáneamente, el joven postulante empuja a la chica rubia hacia las vías del tren. La boca de la chica rubia es una O mayúscula, perfecta y estupefacta. Su cuerpo delgado y juvenil volotea en el aire por sólo un segundo antes de desaparecer bajo la máquina. En el andén, todo está en frenético movimiento: los guardias alertados por el joven postulante corren hacia el borde y los pasajeros que aguardan el tren se apretujan en dirección contraria. Media docena de derrotistas revolucionarios se arrojan a los rieles. Las redes se activan a tiempo de rescatar a tres de ellos. Cuando el tren se detiene, las aspas eliminadoras barren los restos de la chica rubia y sus cómplices. Huele a sangre y carne quemada.
Se hacen los arrestos de rigor. El joven postulante, en su calidad de testigo, es invitado a declarar a favor de la Fiscalía Antiterrorista. La multitud está molesta por el retraso y aborda el convoy en forma más agresiva que de costumbre. El joven postulante reemprende el camino a la superficie en compañía de los guardias. La Fiscalía, le asegura uno de ellos, tiene especial atención con los ciudadanos responsables, como él, y es casi seguro que le podrían conseguir un cupo a la brevedad. Quizás aquí mismo, en el Metro.
Allá abajo, las bombas limpiadoras han retomado su tarea. Un fuerte olor a cloro borra el rastro de la sangre y los vapores suben por la escalera mecánica detrás del pequeño grupo. Al joven postulante le molesta el olor, sus ojos arden y una lágrima furtiva le asoma sin querer.

largando velas

Largo velas como un vulgar polizón, colándome en este mundo de anónimos corresponsales . Nada de arrojar champañas ni tocar sirenas, porque todo polizón que se respeta se fondea en la sentina o en el peor de los casos se pliega como insecto en la carcasa de los motores de un avión para esperar la muerte por congelamiento (a veces los tiempos pasados fueron efectivamente mejores, esto no ocurría en los barcos)
Tanto terminacho marino no me define precisamente como amante del mar, por más que lo sea, sino más bien como la persona que emprende un viaje que quién diablos sabe dónde la llevará.

polizonabordo tiene el clásico norte de los escritores inéditos: la caza del lector desprevenido, cacería por demás furtiva y maletera. Vaya uno a saber qué de cosas pueden sucederle cuando posa la vista en algunas líneas. En mi vida de lectora he sido agredida por toda clase de textos imperdonables, ataques apenas compensados por las horas de disfrute que mis autores queridos me proporcionaron generosamente...después de comprar sus ejemplares. Y es cosa comprobada que todos los auténticos placeres, las cosas bellas, la ropa que nos gusta, la buena comida y otras hierbas por el estilo, por el sólo hecho de que nos gustan, suelen ser generalmente los más caros.

Por el momento, claro, me quedo aquí por falta de tiempo. Podríamos poner algo así como CERRADO POR COLACION u otra lesera por el estilo, da lo mismo, porque a partir de ahora escribo para el mismo lector único que he tenido: mi siempre fiel alter ego.
Mares virtuales, acogedme y por si tienen intención de forzar mi naufragio, recuerden que soy asmática y nado a duras penas. see you later.